"I went to the woods because I wished to live deliberately, to front only the essential facts of life, and see if I could not learn what it had to teach, and not, when I came to die, discover that I had not lived"

H.D.Thoreau

22 de julio de 2011

Aleteando hacia el sur


Aleteando hacia el sur.


Me miro al espejo con el fin de controlar los movimientos danzantes de la mano sobre mi rostro mientras acompaña a una cosechadora de experiencias, que va arrasando con un tupido bosque de pelos enmarañados que ocultaban mis facciones, hace cuanto no me veía en un espejo, durante aquellas dos semanas de ausencia solo me podía observar reflejado en las pantallas de las cámaras digitales, quienes devolvían una imagen miniatura de lo que parecía ser yo. Casi no me reconocía, algo había cambiado, o vuelto a ser. El débil ronroneo que escapaba de aquellas deforestadoras garras me hundían en un ensueño, en una laguna de melancolía, buscando recordar aquello que se desprendía junto a los gruesos troncos de barba que caían inertes sobre el lavatorio, ahí yacían los únicos testigos vivénciales de aquella experiencia, y seguramente estarían grabados en su interior tantos sentimientos y emociones tan difícil de encontrar dentro de mi mente, que en una selva de recuerdos luchan por interponerse buscando el protagonismo. En aquellas antenas quizás vive la única prueba de lo que fue real, de emociones que trascienden los sentidos, como la libertad que se mete en las venas, oculta tras la belleza de algún paisaje que cae preso en los ojos, siempre insaciables, siempre atentos.

Fueron testigos del largo viaje, transcendiendo ciudades, desiertos y montañas, hacia un alejado destino, quizás en el afán de lograr perderme de aquella carga, esa realidad que no despega sus pies del suelo, ese fantasma que como un perro fiel, siempre encuentra a su dueño, o lo espera a la vera del camino pacientemente hasta su retorno, y así pasó, porque el pobre no pudo ir mas allá de los limites de buenos aires, asique quedo ahí, esperando, para recibirme al regreso en el mismo lugar donde me perdió. Aun recuerdo cuando lo abandoné. Un gran peso había quedado atrás, solo pensaba en aquel navegar del tiempo, en el presente que me rodeaba y la estela de emociones y recuerdos que iba tejiendo sobre aquel imperturbable océano, la barcaza que me alejaba de aquellas tierras desgastadas del vivir por el deber, que no conocían el como deber vivir.

Así comenzaba aquel éxodo espiritual, con la mente liberada, podía observar como la noche contemplaba un desierto infinito que abrazaba todos los horizontes, entre las planicies algunas ondulaciones poco a poco rompían con la monotonía del paisaje. En su soledad brillaba la autocontemplación de si mismo, se podía distinguir un ambiente rodeado de cierta jactancia, quizás por ser de los pocos lugares que el hombre no pudo conquistar, y le permitía en su escasez y penumbras la libertad de ser, sin que lo hagan.

A medida que bajábamos y nos acercábamos a la puesta del sol, las planicies se iban arrugando, y los horizontes flaqueaban y se estiraban, las verdes lomas se hacían cada vez mas frecuentes, y algún cerro nos daba la bienvenida a la patagonia. Luego de navegar sobre las ancas de algunas lomas, un arroyito se hacia presente bajando de algún cerro, jugueteando entre el paisaje y zigzagueando de aquí para allá, acariciando las cuestas verdes donde desfilaban numerosa variedad de árboles, mas atrás un grupo de álamos se erguían al cielo, y sus altas ramas parecían revolotear de alegría en alguna danza que dirigía el viento. Sobre la costa del aguacero que bajaba, y rodeado de este bosquecillo, una humilde cabaña reposaba sobre la tranquila suavidad del valle. Una cabaña en medio de la nada, y a la que nada le faltaba.

Incluso parecía que la luz que irradiaba el sol era distinta, como si cada lugar donde alumbraba, se llenase de cierta euforia contenida y a punto de estallar en algún mágico revuelo de libertad y felicidad que brillaban a lo largo de donde quiera que se háyase la mirada del gran astro. Sin embargo al mismo tiempo, aquel paisaje congelado, expectante, parecía conspirar en silencio para si mismo, siendo su propio artista, donde un pincel invisible trazaba las líneas jugando con el contraste y la armonía de los diversos tonos verdes, azules y marrones, que se mezclaban y correteaban por el paisaje, décadas tras décadas, en una paciente obra que nunca concluiría y siempre se transformaría. Vivía para si mismo, pero no le negó al hombre la oportunidad de domesticarse frente a lo salvaje.



Aquellas colosales formaciones rocosas parecían querer cortarnos el paso a medida que viajábamos, pero el camino siempre se las arreglaba para escurrirse hacia el sur. Algún pueblo, resguardado celosamente por sus protectores de piedra, que desde sus alturas lo observaban todo y no olvidaban nada, no hacía mas que regocijarse y contemplar ese mundo desconocido.

Aquellos expectantes y atentos ancianos de la tierra estaban lejos de ser domesticados y ofrecían un desafío para quien buscara conquistar sus cumbres, y observar con los ojos de estos inmortales guardianes el verdadero valor de esas regiones. Desde allí arriba se podía contemplar todo su esplendor, como una única y gran obra, en esas alturas la montaña guardaba silencio, en un respetuoso homenaje hacia aquellos rincones sagrados de la tierra, de su tierra. Solo se permitía mirar, contemplar, y tratar de grabar en el espiritu, mas de lo que los ojos puedan absorber frente a tan extenso panorama.

Los numerosos espejos que se escondían en lo profundo de los valles, se robaban un pedazo de cielo, capturándolo entre sus aguas, y liberándolo a la mística que revoloteaba junto al viento dentro de aquellos territorios. Algún camino se adhería al paisaje sin romper con la armonía que lo abrazaba, serpenteando entre el irregular terreno, bordeando lagos montes y cerros que se interponían a su destino, hasta perderse entre la verde alfombra que dominaba por lo bajo.

Desde esa altura se veía al horizonte resquebrajarse tras un ejercito de montañas, que parecían alzarse dramáticamente en la lucha desenfrenada por cumplir con su ambición de alcanzar aquel manto celeste que se levantaba sobre ellas. Aquellos pastores del cielo, se alzaban con sus garras de piedra, recolectando desde las blancas entrañas de las sumisas nubes, los hielos que estas fielmente les otorgaban, y de ese modo, bajo el cuidado y la protección de sus alturas lo racionaban responsablemente para asi alimentar a los hambrientos lagos durante todo el año.

En pocos lugares el hombre y la naturaleza se complementaban tan bien, de día, sus extensas praderas, acompañadas de la privacidad que le otorgaban los cerros que la rodeaban, me acercaba hacia la lejanía de mi espíritu, y convirtiéndome en espectador de una obra única en que la naturaleza interactuaba para si misma, me apartó de mi egoísmo humano, del impulso esclavizador del hombre sobre los dueños originales de aquellos suelos, del instinto de poseer una parte de aquella libertad, cuando el solo acto ya la aniquilaría y nos dejaría con el recuerdo de lo que alguna vez fuel. La naturaleza hablaba en su idioma, los chirriantes cantos de los pájaros, los pintorescos rumores de sus centenarios árboles, el grito callado de las ramas agradeciendo las caricias del viento, y las pequeñas alimañas que corretean cautelosamente, todos juntos eran su voz.
De noche, un cielo abundante no permitía timidez a las estrellas, incluso las que se escondían en las grandes ciudades avergonzadas de su pequeñez, resplandecían con ferocidad. Nada se guardaba de rendir su mayor homenaje a esos rincones que la naturaleza escondía para aquellos que lograban ver mas allá de sus ojos.

Ahora, la abstinencia de libertad me empieza a enfermar, en menos de un día aquellas imponentes montañas de piedra se convirtieron en edificios de acero y hormigón, el sutil cantar de los pájaros se distorsionó en sirenas y bocinazos, la pureza del aire se gangreno bajo los efectos de los humos del desarrollo, las tímidas criaturas dueñas de la libertad se convirtieron en perros con correas, el saludo matutino de los pueblerinos enmudeció, y la sonrisa que lo acompañaba se transformó en una cara de incomprensión. Respecto de la liberación de mi espíritu, quedan sus restos volcados en estas palabras. El ultimo pelo de mi barba de dos semanas cayó junto al resto, y allí se va por las cañerías lo único que nació creció y murió junto a la libertad de mi espíritu.

Solo quedan los recuerdos, no las imágenes mentales con que el paisaje me envolvió, y que poco a poco se irán erosionando a medida que cae la arena del reloj, sino el sentimiento inconfundible de ser parte de aquel reino natural, sentimiento que se imprime en el alma y que ni el tiempo se atreve a devorar. Sentimiento de libertad.



F.V.

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